¡Mírala cabrón! Historia de una disculpa que nunca se pidió.



Todavía le duele mucho que te hayas ido así, sin una puta disculpa, sin una maldita explicación, sin una desgraciada justificación para hacer lo que hiciste, para lastimarla como la lastimaste, para alejarte emocional y físicamente de esa manera, durante tantos años, tantas mentiras, tantas jetas, gritos y silencios.


Le cortaste de tajo el amor, la mirada, las sonrisas…así, sin más. Quizá fueron muchos días, muchos años, mucho tiempo y ella no se dio cuenta, o quizá fue sólo así, de un instante para el otro. Como sea, después de todo lo vivido, lo llorado, lo vivido, lo sufrido, lo superado, lo prometido, te largaste sin más, sin un pinche esfuerzo, sin decir nada, sin una mínima lucha, con tu odio, tu violencia, tu soberbia y tus huevos por delante, como siempre y como nunca.


En aquel momento y todo este tiempo después, quiso creer que no lo necesitaba, que era mejor que te fueras así porque ella tenía que luchar por sobrevivir y salvarse (de ti y de sí misma), por sacar adelante a tus hijos, por curarse las heridas que tú le abriste. Nunca pensó necesitar un cierre contigo, creyó que todo estaba dicho y cerrado.


¡Maldito cobarde! Sabías lo que habías hecho, sabías que no iba a disculparte, sabías que no la amabas y nunca tuviste los huevos de mirarla de frente y decirle al menos: “¡y me vale madres!”

No le diste una pinche oportunidad de defenderse, de mostrar su dolor y su miedo, de hacerse y hacerte responsable; la dejaste a levantarse y levantar sola el hogar que tú destruiste, a reponerse sola, a continuar en el círculo sola dando tumbos con sus niños en una mano y tu perro en la otra.


Te fuiste y no volviste la vista atrás más que para seguir haciéndola pedazos, para seguir amedrentándola, para recordarle que para ti, no había nada que cerrar.


¡Maldito cobarde!


Tuvo que poner su historia al servicio de otros porque dolía demasiado para llevarla sola, porque no hubo nadie ahí con los huevos para decir “yo también soy autor de esta puta tragedia”.


Cobarde. La dejaste con un mundo en ruinas que aún sigue recogiendo y reacomodando tan estúpidamente, que te sigue repitiendo, que te sigue encontrando en otros, que te sigue persiguiendo en otros sin darse cuenta, porque esa niña herida que le dejaste en brazos sólo quiere mirarte a la cara y gritarte: “¡Mírame cabrón! ¡Mira lo que hiciste de mí! Discúlpate, justifícate, despídete, pero ¡mírame a los ojos cabrón!”


“Mírame mamá…¡Mírame mamá! Mira lo que hiciste de mí…”


Pero esto es para ti, de su madre hablaremos luego aunque se parezcan tanto.


Te fuiste sin más…y aquí se quedó 3 años, buscando hombres que, como tú, no estuvieran presentes emocionalmente, hombres adictos, hombres que la dejaran por otra, hombres que la ignoraran, hombres que le hicieran creer en el amor de nuevo para luego desaparecer de la nada, por nada, dejándola con nada más que esa herida abierta y ese miedo a repetir la historia, sin darse cuenta de que nunca se salió de ella porque en realidad, el que nunca se fue, al menos para su inconsciente, fuiste tú.

Sí, sí se quedó esperando un cierre, una disculpa, una explicación o una mentira más que te justificara para así poder seguir adelante con su propia historia, y a penas ahora empieza a entender que nunca tendrá ese cierre, ni esa explicación, ni esa disculpa, no de ti, pero sí de ella misma porque la merece. Merece ese puto cierre más que cualquier otra cosa en el mundo.

¡Mírala cabrón! ¡Mira lo que hiciste de ella!

Hiciste mierda su corazón y todo el amor que te tuvo y con él se construyó un amor propio que sobrepasa todo lo que sintió contigo.

Hiciste pedazos su dignidad y su autoestima y con esos pedazos se reconstruyó más fuerte, más guapa, más segura, más digna y con más estima de la que tú jamás le tuviste.

¡Mírala cabrón!

Háblale cabrón y dile cómo se siente saber que esta mujer, madre de tus hijos a la que una vez quisiste matar con tu mente y con tus manos, sea más mujer, más madre y más vida de las que tú tienes o tendrás nunca.

Mira lo que hiciste de ella y con ella al dejarla sin nada, que terminó siendo, haciendo y teniendo todo lo que nunca pudo ser, hacer ni tener contigo.

Todo este tiempo esperando un cierre, una disculpa (aunque ya ni siquiera viniera de ti), para llegar a este momento y darse cuenta de que no tienes nada de qué disculparte, ni ella tiene nada que perdonarte porque fue gracias a tu silencio que ella encontró su voz, la voz que no tuvo en todos esos años para decirte adiós.


En silencio, como tú.

A la distancia, como tú.

Y con todos los huevos del mundo, como tú, hoy sí te dice adiós por fin, y yo por mi parte te digo, a-Dios gracias que nunca la miraste porque así pudo mirarse ella misma, y esto que ve hoy y que brilla como el puto sol, esto te lo debe a ti.


Gracias cabrón.

Ya puedo dejarlos en paz.

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